De cuando el tiempo avanza
y asesta hachazos de chocolate,
dándose uno mismo cuenta, de forma repentina
y, por tanto, de forma injusta
(por falta de advertencia gubernamental),
que la labor ya no es estar sentado enfrente del "sabio",
sino arreglar las goteras que te explicaban (a veces) en el libro de texto,
o simular tu destreza
ante un púlpito de naturaleza incontrolable.
Entonces ya eres aquél
que ha aprendido a cenar
una lata de atún, y naranjas... cuando toca,
o ese diseñador de softwares cojos,
o el que sirve cafés y la mano le desobedece temblando.
Más tarde (o temprano, con un poco de mala fortuna),
la oleada de "realidad"
emborrona el contexto propio,
provocando desapariciones;
todas evocan el último fin íntimo-social posible:
el día en que desayunes por última vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario